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Dada mi militancia pública y notoria a favor del baile social, o sea, aquel que se realiza sin mayores pretensiones en lugares públicos, a menudo me han 'acusado' de preferirlo a los estilos escénico-competitivo-circenses que se llevan hoy por tratarse de algo propio de 'mis tiempos'. Vamos, que me gusta el baile agarrao y sencillito porque es lo que mamé desde la cuna o por algún tipo de herencia cultural de mi juventud.
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El fundador de BAILAFACIL y autor de este artículo, faux, dando una clase. Copyright © www.bailafacil.es.

Chorradas, en mi 'época' el baile en pareja ya estaba muerto. Cuando yo nací, los guateques —última vez que 'se llevó' aquí en España lo de bailar cogidoeran historia, y desde luego, cuando yo empecé a salir por ahí de adolescente, la música que sonaba era de Mecano o Radio Futura, no de Gardel precisamente.

Pero el hecho de no haber experimentado algo de forma personal no implica que no puedas preferirlo a aquello que sí has vivido... quizá precisamente por eso, porque puedes establecer comparaciones dolorosas. Para mí, pasar de la principal actividad social que me 'correspondía' como persona joven y moderna, o sea, 'salir de marcha', a la nueva y brillante posibilidad que se abría ante mí después de realizar un simple cursillo de baile, es decir 'salir a bailar', fue tan automática como irreversible. Sencillamente, una vez que supe bailar ya nunca quise salir de noche a otra cosa que no fuera eso... por más que aún lo hiciera múltiples veces durante años —a desgana y por presión social—, arrepintiéndome siempre en cada oportunidad. ¿De verdad alguien encuentra divertido reunirse en sitios ruidosos, oscuros, sucios y atestados para ingerir bebidas, u otras sustancias, de calidad dudosa y agitarse espasmódicamente —llamar 'baile' a lo que hace la mayoría me parece excesivo— durante horas?

Veinte años después las cosas siguen igual o peor. Ahora hay menos pop y más reggaeton, y la peña se lo monta en la calle a base de botellones, pero la esencia de la actividad sigue siendo la misma: ruido, oscuridad e ingesta masiva de sustancias desinhibidoras. La evolución cultural de nuestra sociedad ha llevado a ese tipo de reuniones, fiel reflejo de estos tiempos, donde prima la sensación sobre la reflexión, lo visual sobre lo dialéctico, lo aparente sobre lo sustancial. No importa un carajo que te lo pases bien, ligues o simplemente no acabes con el estómago hecho cisco; lo único importante es que parezca que te lo pasas bien, que ligas. En una palabra, que estás; en el meollo, en el centro, donde hay que estar. Y que todo el mundo se entere, claro. Antes te apresurabas a contarlo al día siguiente —anoche estuve en tal sitio y con tal persona—, ahora lo tuiteas, pero la idea es la misma e igual de estúpida. ¿Que no te comes un colín, acabas sordo, aburrido como una mona, con acidez, dolor de pies, faringitis y arruinado? ¡Ser joven y glamuroso tiene un precio! Lo esencial es estar en la onda.

Pues no, hombre. Antes de aprender a bailar, cuando era joven y salía de noche, ya encontraba absurdo todo aquel montaje, por más que participara en él, tanto a causa del típico espíritu gregario adolescente como por el hecho de que no existía otra alternativa. Pero me daba cuenta de que no funcionaba. En teoría, el objetivo de la actividad era conocer gente, en particular del otro sexo, lo que rara vez sucedía. Lógico. El volumen de la música hacía imposible hablar y así es muy difícil intimar con alguien, salvo para relaciones meramente físicas y superficiales que no requieran demasiada charla o compromiso. En otras palabras, el sistema sólo favorecía —como ahora— a un porcentaje ínfimo de la población, los guapos sin conversación capaces de atraer al otro sexo con su mera apariencia. ¿Y por qué el resto de la humanidad acepta una escala de valores que privilegia únicamente a unos pocos que, además, no son precisamente los mejores? Misterio.

Pero no es el objeto de este artículo realizar un análisis sociológico de alcance general, sino señalar simplemente que, en el caso de las actividades sociales orientadas al ocio, sí existe una alternativa a hacer botellón o hacinarse en tugurios ruidosos donde no se puede hablar ni bailar, y ya está inventada desde hace siglos: el baile en pareja. Pero no entendido como una variante más de esta absurda sociedad plástico-juvenil que nos ha tocado vivir —usando, por ejemplo, las pistas de baile como escenarios de exhibiciones que nadie ha pedido o promoviendo formas de bailar aptas sólo para atletas, como hacen muchos—, sino volviendo a la esencia de esta fantástica actividad, que no es otra que la comunicación entre dos personas por medio de la música y la cooperación. Una comunicación sutil y codificada, fácil de entender pero no de dominar, adecuada para todas las capas sociales y franjas de edad, que no privilegia un único aspecto de la condición humana —la apariencia física— sino varios de ellos, permitiendo que todo el mundo participe, cada quien con sus limitaciones. En suma, una manera mucho más versátil, lógica, entretenida y sobre todo probable, de entablar contacto con personas del otro sexo —o del mismo, según gustos— que todas las desarrolladas a lo largo de las últimas décadas.

En resumen: bailar en pareja en sitios públicos, de forma cívica y sin ánimo competitivo, de cualquiera de las muchas maneras que puede hacerse —callejera o de academia, sencilla o compleja, enérgica o pausada— y bajo las infinitas variables musicales de cada zona geográfica o gusto particular, puede que no sea 'puntero' o trending topic, pero es una alternativa muy válida a los gélidos métodos de sociabilización actuales, tanto tecnológico-distantes como presenciales, donde la exagerada preeminencia de la rapidez, el golpe de vista y el chascarrillo imposibilitan todo intento de conexión humana no superficial.

Frente a tanta modernidad frustrante e insatisfactoria para la gran mayoría, el baile en pareja ofrece por contra a quienes lo practican cien veces más oportunidades de divertirse y entablar relaciones personales que cualquier otro medio. Y eso no es poca cosa en una sociedad frívola, deshumanizada y aquejada de graves problemas de comunicación como la nuestra.
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ARTICULO PUBLICADO ORIGINALMENTE EL 25 DE OCTUBRE DE 2013

COMENTARIO DE AGUSTIN (29/10/13)
<Hombre, al ciento por ciento no comparto el artículo, pero qué coño, a ese porcentaje no comparto nada de nadie. Una vez dicho lo anterior, hacía tiempo que no me sentía tan identificado con una opinión que no expresase yo mismo. Ya iba siendo hora de que el ruido ensordecedor, la falta de educación, los malos olores, la bebida de garrafón, la falta de opinión, la cultura de la imagen, la ausencia de debate (los gritos e insultos, no son debate), etc, etc, etc. se fueran poniendo en entredicho. Una conversación entre amigos, un intercambio de opiniones, una buena cena regada con un mejor vino y un 'baile agarrado', ¿quién da más?>

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